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Agresividad y violencia contra la mujer

· junio 2, 2017

Antonio Bello Quiroz

 

En las últimas semanas en el estado de Puebla y en todo el país se ha reconocido públicamente que la inseguridad y violencia han rebasado las capacidades del Estado para contenerlas. Los asaltos con violencia se han multiplicado lo mismo en el transporte público, en carreteras, lo mismo que en restaurantes o a cuentahabientes y en todos los escenarios de la vida cotidiana.

Pero también acudimos al incremento de los feminicidios y otras agresiones contra las mujeres en el ámbito de lo privado. El colmo es que recién hace unos días un interno del Cereso en Puebla asesinó a su pareja sentimental cuando ella le comunicó su decisión de no continuar con la relación.

Ante esta ola de violencia los análisis y opiniones proliferan, van desde los que esgrimen motivos de carácter social, político, económico o cultural, hasta los que de la manera más idiota hacen aparecer a las víctimas de feminicidio como las responsables, “por necias”, como se propuso en una encuesta auspiciada por el noticiero con mayor audiencia en la entidad.

Para no abonar en estas especulaciones e intuiciones sería necesario preguntarse, desde el psicoanálisis, qué podemos articular en torno a las diferencias y concordancias entre la agresividad, la violencia, contra las mujeres.

Sigmund Freud en 1921 escribe un trabajo al que da el título de Psicología de las masas y análisis del yo, donde aborda algunos aspectos referentes a la violencia que se presenta en las acciones de la masa y hace a la identificación el núcleo de las agrupaciones sociales. La masa se organiza en torno a una persona —o un ideal— con quien se ve identificada; esta identificación al ideal posibilita la regulación del goce y el sostén del lazo social. El psicoanalista francés Jacques Lacan va a ubicar a la identificación imaginaria en el centro de la agresividad y la identificación a un ideal como el valor simbólico que regula la agresividad.

En 1948 Lacan escribe La agresividad en psicoanálisis y ahí, en la número cuatro de las cinco tesis que sostiene, propone que: “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo.” Pero, ¿a qué se refiere el psicoanalista? En principio, reconoce el carácter estructural de la agresividad: se encuentra en el núcleo de la constitución del yo frente a la fragmentación corporal inherente al ser humano y que sólo se conocerá en la identificación con la imagen alienante del Otro, tal como lo muestra en su propuesta de El estadio del espejo.

Lacan va a ubicar a la agresividad como inherente en la relación entre el yo y el semejante. Toda relación con el otro conlleva un quantum de agresividad. Hay un mal que amenaza al yo: se trata del Otro, el semejante. El semejante amenaza porque es yo (y por ello se le ama) y a la vez no es “idéntico”, y por ello se hace insoportable esa “pequeña diferencia”. La premisa es simple: si el Otro me hace, entonces también me puede deshacer. La agresividad (eventualmente acompañada de la angustia) es, entonces, la respuesta ante la amenaza de perder y perderse, siempre presente en el vínculo con el semejante.

La agresividad es lo inherente a la relación con el semejante; la agresión o violencia es el síntoma social que emerge cuando la diferencia se vuelve insoportable. Ante lo señalado, es fácil sostener que a mayor semejanza mayor violencia. Así, las relaciones con los semejantes donde se anulan las diferencias se constituyen en relaciones de intimidación; en contraste, en las relaciones con los semejantes donde se incluyen las diferencias se posibilitan vínculos de intimidad.

Si esto es así, diremos que todas las acciones sociales que estén encaminadas a anular las diferencias no hacen sino hacerlas más insoportables y así llamar a la agresión, misma que se presenta desde las formas más evidentes, como la segregación o la anulación del otro, hasta las más sutiles, como la compasión y la caridad, incluso el aislamiento y la autoflagelación.

Quizá (y aquí si no queda sino especular en tanto que no se cuenta con la palabra viva del sujeto), para el reo que asesinó a su pareja en la cárcel, lo que le resultó insoportable fue la fragmentación de su propia imagen, a la que se vio expuesto cuando ella decide terminar la relación.

Lacan, en su abordaje de la agresividad, también enseña que cada época establece sus mecanismos para desplegar y mantener la agresividad: las modulaciones de nuestra época se encuentran empeñadas en la anulación de las diferencias; la agresividad que vivimos es una materialización de ese mandato de homologación, globalización o competencia, lo mismo en la escuela, la empresa o la casa. Pero la moral en turno también condena a la agresividad, así que ésta se ve aislada, individualizada, donde la agresión se incuba.

Lacan al concluir su análisis de la agresividad propone una “fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales” como una salida a la tensión que implica la convivencia con el Otro, donde a mayor semejanza, mayor agresión.

Al inicio se decía que Freud hace existir a la masa a partir de la identificación a un ideal. En la época que vivimos justamente nos encontramos ante la ausencia de ideales o de algún líder con un mínimo necesario de credibilidad (la crisis que vivimos como sociedad es esencialmente una crisis de credibilidad), por tanto, se muestra la evidente imposibilidad de hacer lazo social, de constituir grupos o masas, salvo aquellas que se ordenan por su propia ley, pequeñas asociaciones, sociedades de dominio y explotación.

¿Y qué de todo esto con las agresiones a las mujeres? Desde la segunda mitad del siglo XX, esencialmente a partir de la masificación de la anticoncepción, la mujer aparece en la escena pública con toda su potencia sexual e intelectual; se hace presente para hacer evidente su diferencia con respecto al discurso al que se les había sometido por siglos: la sexualidad y la reproducción se separaron y con ello la mujer devino en lo radicalmente otro que había permanecido oculto y silenciado. La mujer devino lo incómodo para el mundo; encarna así lo inmundo, lo insoportable por la diferencia que señala.

La mujer, las mujeres, se convirtieron en signo de “la diferencia incómoda” y por tanto el objeto marcado de la violencia social y subjetiva. Pero, aquí paradójicamente, lo que inquieta no es tanto esa violencia que se realiza de manera visible, sino aquella que se “muestra” como invisible y se normaliza.

Esta violencia que es parte de un sistema (social, político, económico) que no tiene otra finalidad que anular las diferencias y opera mediante sutiles formas de control, dominación y explotación. Esta violencia sistematizada tiene la sutileza de disfrazase de programas contra la violencia que sólo la hacen más invisible. El sistema utiliza como instrumento la amenaza de violencia. Cobra sentido ahora la finalidad de la encuesta realizada por del noticiero mencionado líneas arriba, donde para el conductor la agresión contra las mujeres es causada por la necedad de ellas mismas, porque insisten en mostrar la diferencia, porque no entran en la cordura. Se trata del fundamento del llamado feminicidio sexual sistémico que desde el sexismo y la misoginia coloca a las mujeres, muchas veces en lo real, como desecho, con el cuerpo literalmente fragmentado y arrojado al descampado, exiliada de lo social incluso ya muertas.

Como podemos ver fácilmente, los comentarios que los medios hacen sobre los feminicidios en realidad responden a un sistema que hace de esas noticias una mercancía. La violencia vende.

 

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