Stanisław Jerzy Lec
— “Abandonó este mundo” suena optimista.
— Me desconcierta el rostro del enemigo porque veo cuánto se me parece.
— Sé realista: no digas la verdad.
— Cuando los caníbales quieren conocer el gusto de la sabiduría, le cortan la lengua a los sabios.
— Tan sólo lo amenazaremos un poquito con el dedo”, dijo. Y lo puso en el gatillo.
— Los representantes de fábricas de automóviles venden automóviles, los representantes de compañías de seguros venden seguros, ¿y los representantes del pueblo?
— El mundo nació probablemente del miedo al vacío.
— Los optimistas son hombres que no creen que valga la pena comprender nada, porque de cualquier modo, todo irá mejor.
— No es bueno confiar en los hombres; es mejor estar seguro de sí mismo.
— Que haya muerto no es prueba suficiente de que haya vivido.
— “He oído que el mundo es hermoso”, dijo el ciego. “Así dicen”, respondió el que veía.
— Reflexiona antes de pensar.
— El hombre busca la verdad, para enterrarla aún más hondamente.
— Dime con quién duermes y te diré con quién sueñas.
— Se podría considerar un perfeccionamiento de la cadena perpetua: prolongar artificialmente la vida.
— Soy optimista: creo en el influjo liberador del pesimismo.
— “De una cruz yo podría hacer dos horcas”, dijo despectivamente el especialista.
— Debes cuidarte. Eres propiedad del Estado.
— ¿Suicidarme? Jamás. Creo en los hombres: cada uno encuentra su asesino caritativo que lo ayuda.
— Siempre que un hombre comienza a dudar de sí mismo, le sucede alguna tontería que vuelve a entusiasmarlo.
— Historia: conjunto de hechos que se hubieran podido evitar.
— Los tiranos no tienen nada que decir contra los crímenes de otros tiranos. Sólo pueden objetar la elección de las víctimas.
— Solamente quien tiene sentido común, enloquece.
——
Nota Editorial: El autor nació en Lvov en 1909 y murió en Varsovia en 1966. La primera edición de sus aforismos apareció en 1957, tras la muerte de Stalin, y aunque muchos de ellos pueden leerse como un ataque frontal a los dogmas estalinistas, lo cierto es que no sólo no caben en su época, sino que la contienen, junto con la historia entera de la condición humana. Por su sentido del humor, sombrío a la par que brillante, su inteligencia moral y su defensa —por la vía negativa— del humanismo, el autor de los Pensamientos despeinados pertenece a la estirpe de Chamfort, La Rochefoucauld, Lichtenberg, Nietszche y Karl Kraus. Por ser capaz de enfrentarse a la experiencia de lo absurdo y a la desesperación del modo en que lo hizo, y por el carácter universal de su obra, es un clásico de la literatura polaca del siglo XX, junto a Miłosz, Herbert, Szymborska o Mrocek.









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