Antonio Bello Quiroz
Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición. Fitzgerald
Como he mencionado ya en otras entregas, me encuentro trabajando en torno al suicidio; se trata del tercer libro en torno a la muerte. El suicidio desde siempre ha sido un tema complejo, lleno de incógnitas y, hay que decirlo, de lugares comunes. Se trata de un acto que detiene en seco al núcleo social donde aparece, deja perplejos incluso a los pensadores más profundos. El inventor del psicoanálisis no escapa al embrujo. Ante la encomienda para un simposio sobre el tema, en 1910 Freud se propone averiguar “cómo es posible que llegue a ser superado la poderosísima pulsión de vida”.
Hace poco recibí la noticia de la muerte de la cineasta belga Chantal Akerman, a los 65 años en París, donde residía. Confieso que de esta cineasta, referente obligado del cine experimental, sólo conocía Je, tu, il, elle, de 1974, nada más: una obra maestra sobre la agresión, las sutilizas de la agresión implícita en las relaciones cotidianas.
La realizadora, nacida en Bruselas en 1950, se suicidó el pasado 5 de octubre. La cineasta y psicoanalista mexicana Davani Varillas, que de cine sabe muchísimo, me expresó su hondo pesar por esta muerte tan súbita, como toda muerte; el habla acongojada por la partida de una cineasta a quien no dudó en calificar de genial. La conoció en 2012 en el FICUNAM y le dejó impactada su trabajo. Me decidí pues por acercarme al cine de Akerman y he aquí mis primeros hallazgos.
Se trata sin duda de una figura señera en la cinefilia mundial que, sin salir nunca del cine experimental (de la esencia misma del cine, si se me permite decirlo), se convierte en referente de lo que se llama cine de culto en la vieja Europa y docente reverenciada en la comercializada Norteamérica.
Ante la noticia de su muerte, sin duda llama poderosamente la atención que su primer corto, Saute ma ville, de 1968, donde las imágenes son ya poderosas, simples en su composición pero profundas en el sentir, termine en un suicidio. Ella sólo contaba con 18 años, y es notable ver en este trabajo a una Akerman lo mismo plena de juventud como llevando encima los años que no había vivido. Es su respuesta creadora al impacto que le produjo Godard y su Pierrot le fou, donde se siente inspirada para hacerse cineasta. Las primeras tomas nos muestran una ciudad gris, fría, con los altos edificios impersonales; una joven (que es ella misma) abre el buzón, revisa la correspondencia, acciona el dispositivo del elevador, no llega, decide subir a pie, lleva flores en las manos, tararea una melodía repetitiva. Entra a su departamento, va directo a la cocina, prepara pasta y mientras muerde una manzana sella la puerta. La pasta está lista, no come, devora. Juguetona, continúa el sellado. Vacía las alacenas y se cubre con un impermeable para poder limpiar. Lustra su calzado, sin reconocer límites también lustra sus piernas. Se embadurna crema en la cara, sin respetar contornos, en el cabello, sonríe y baila; se mira al espejo (¿qué ve?): en trece minutos ha envejecido. Toma los cerillos, prende fuego a unos papeles (¿una carta?) en la pared, abre el gas, recuesta la cabeza sobre la hornilla… la imagen se va a negro, una explosión (https://www.youtube.com/watch?v=jx2RNzl-p3Q).
Ahora en retrospectiva, llama la atención que esta cineasta realice su primer trabajo con ella como protagonista y donde se suicida. ¿Premonición? ¿Un suicidio anunciado? Imposible no hacer sino especulación: no lo sabremos. Sin embargo, sí podemos ver que este temprano trabajo muestra los temas que después repetirá durante su trayectoria como cineasta: la soledad, sobre todo la soledad, la inestabilidad psicológica (el delirio, la compulsión maniaca, la ritualidad obsesiva), la obsesión consigo misma, los espejos, los dobles, la condición femenina y el enigma de ser mujer, lo árido de la subjetividad, el ser siempre un desconocido para sí mismo, un extranjero de sí. Aborda primordialmente lo femenino, pero entre todo lo que nos deja ver, nos muestra El tema (me atrevo a decir) de su cinematografía, el encuentro, siempre en alguna medida insoportable, de lo radicalmente Otro: la muerte.
Ante la forma en que se encontró con la muerte no podemos sino darle peso al hecho de que se trate de una mujer de origen judío; sus abuelos y sus padres fueron enviados a Auschwitz (sólo sus padres sobrevivieron).
Tras observar el primer corto de la cineasta, y después la reiteración de sus temas a lo largo de su producción cinematográfica, no podemos sino decir que la idea del suicidio le acompañó durante toda su vida. En este sentido, podemos decir que la realización del acto no estaría de ninguna manera enmarcado en una depresión (como se podría pensar ante la muerte de su madre hace un año) sino en esa categoría mucho más profunda, poética y enigmática para la ciencia que es la melancolía. Una de las melancolías es lo que se expresa en el acto de Chantal Akerman. Freud señala con respecto a la melancolía: “encontramos el deseo de comunicar a todo el mundo sus propios defectos, como si en este rebajamiento hallara una satisfacción”.
Su cine es siempre profundo, por lo menos lo que he podido conocer de su obra, pero no siempre es bien recibido; incluso su último filme, No home Movie, que es nada menos que un retrato de su madre, y que fue presentado poco antes de su muerte, en el festival de Locarno, tuvo un recibimiento poco alentador. Quizá sea posible apreciar un rasgo de la mortal melancolía que la habitaba en una declaración realizada al diario español El País, donde nos muestra el vacío que no pudo ser agujerado por más intentos filmográficos realizados. Entonces decía Akerman: “Mi madre, que sabía de desgracias, me contaba que las grandes crisis nos las ves venir porque crecen poco a poco, hasta que un día te han devorado la vida”. La depresión es para el psicoanálisis, en la lectura de Jacques Lacan, “cobardía moral”. Akerman mostró en su prolífera cinematografía (más de cuarenta realizaciones) todo menos cobardía para dejar ver lo más profundo de su ser.








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