Arthur Rimbaud
¡Otoño ya! Pero por qué añorar un sol eterno, si estamos comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina —lejos de la gente que muere con el paso de las estaciones.
Otoño. Nuestra barca alzada en las brumas inmóviles vira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme de cielos sucios de fuego y barro. Ay, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la ebriedad, los mil amores que me crucificaron. No acabará nunca esta reina vampiro de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados. Vuelvo a ver mi piel roída por el barro y la peste, con los cabellos y las axilas llenos de gusanos, y gusanos todavía más gruesos en el corazón, tumbado entre desconocidos sin edad, sin sentimiento… Habría podido morir allí… Qué horrible evocación. Abomino de la miseria.
Y temo el invierno porque sería la estación confortable.
—A veces veo en el cielo playas sin fin cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro, por encima de mí, agita sus pabellones multicolores con las brisas de la mañana. Creé todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. Intenté inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. Y, bueno, debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos. Una hermosa gloria de artista y de narrador arrebatada.
Yo, yo, que me declaré mago o ángel, exento de toda moral, he vuelto al suelo, con un deber que buscar y la rugosa realidad por abrazar. Vaya paleto.
¿Me equivoqué? ¿Sería para mí la caridad hermana de la muerte? En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira. Y adelante.
Pero ninguna mano amiga, y dónde encontrar socorro…
*
Sí, la nueva hora es como mínimo rigurosa.
Porque puedo decir que la victoria me pertenece: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros pestilentes se moderan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimos pesares se esfuman —celos de los mendigos, los pillos, los amigos de la muerte, los retrasados de cualquier especie. —Ay condenados, si yo me vengara.
Hay que ser absolutamente moderno.
Nada de cánticos: sostener el paso conseguido. Qué noche tan dura. La sangre seca echa humo en mi rostro, y no tengo nada detrás de mí, salvo ese horrible arbusto… El combate espiritual es tan violento como las batallas entre hombres; pero la visión de la justicia es placer sólo de Dios.
Sin embargo, es la víspera. Recibamos todas las energías de vigor y de ternura real. Y, con la aurora, armados de una paciencia ardiente, entraremos en las espléndidas ciudades.
Qué decía yo de mano amiga. Una bonita ventaja es que pueda reírme de los viejos amores embusteros, y herir de vergüenza a esas parejas mentirosas —he visto a lo lejos el infierno de las mujeres; —y me estará permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.
Abril-agosto de 1873
——
Traducción de Miguel Casado.









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