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03 El suicida y su mensaje_
KAOS 0

Acting-out, pasaje al acto y acto: los tres rostros del suicidio

· agosto 26, 2016

 

Antonio Bello Quiroz

 

La muerte no es abordable más que por un acto. Aun

para que sea logrado, es preciso que alguien se suicide

sabiendo que eso es un acto, lo que sólo sucede muy raramente. J. Lacan

 

Pese a la inmensa variedad de formas de morir, en sentido estricto la muerte únicamente se presenta de tres maneras: o bien se trata de un accidente, o bien es producto de un homicidio, o es un suicidio. Más allá de las ociosas discusiones que se puedan generar al respecto, lo cierto es que no conocemos como humanidad otro rostro de la muerte que no sea alguno estos tres señalados.

En torno al misterio de la muerte gira la vida entera del hombre. Aún con su carácter de certeza absoluta, o quizá por ello, resulta difícil acercarse a la noción de muerte sin que al mismo tiempo quien lo intenta se sienta cuestionado sobre su propia condición mortal; quizá sea por esto que se ha generalizado la idea que sostiene como de mal gusto hablar de la muerte. Más allá de su evidente recurrencia, resulta complejo siquiera establecer una definición de la muerte en los diversos círculos académicos o científicos. Sobre la muerte no conocemos, ni conoceremos, nada en definitivo. De entre los muchos intentos por darle claridad y sentido a la muerte, encontramos algunas definiciones que poco nos dicen. Así, un clásico diccionario de medicina conocido como Dorlan define a la muerte de la manera siguiente: “cesación de la vida. Suspensión permanente de todas las funciones corporales vitales […] cesación irreversible de los siguientes datos: función cerebral total, función espontánea del aparato respiratorio, función espontánea del aparato circulatorio”. Según esta definición de la medicina, el hombre es un ente físico y por tanto la muerte se especifica por la cesación de las funciones vitales. Históricamente los signos de la muerte que se buscaban eran la cesación del ritmo cardiaco y, por tanto, la ausencia de respiración; ahora es la cesación de los movimientos neurológicos lo que determina la muerte.

Un mundo de ficciones se cruza entre las diversas concepciones sobre la muerte, sin embargo, en este entrecruzamiento, en el océano de ideas que se han escrito sobre la cuestión, acaso brilla con algo de claridad la certeza de que la muerte en términos humanos es la posibilidad más propia. La muerte no sólo termina con el organismo, su llegada cuestiona de manera profunda los lazos de unión de los sujetos. Se trata, por tanto, de un fenómeno social (intersubjetivo) que tiene manifiestas repercusiones en la caja de resonancia subjetiva en cada sujeto que sabe de ella. De la muerte propia no podemos saber nada, sólo le conocemos ante la muerte del ser amado.

Gabriel Albiac escribe con respecto a la muerte: “no es posible hablar de ningún modo. Porque cuando creemos estar nombrándola, no hacemos sino construir una mejor coartada que aún más nos la oculte”. La muerte no se puede nombrar y sin embargo no podemos dejar de hablar de ella. La muerte constituye el derrumbamiento de la apariencia, según Emmanuel Lévinas. La vida es apariencia, es ficción, justo debido a la muerte.

De las tres formas en que la muerte se muestra, accidente, homicidio y suicidio, es este último el que mayor desconcierto social genera. El suicidio detiene en seco la dinámica familiar y social, llenándola de cuestionamientos.

Ya en otro momento (en el libro Ficciones sobre la muerte) he señalado que el suicidio desde siempre ha ocupado lugares ambiguos, se le ha prodigado desde la más alta condena moral hasta la exaltación casi absoluta. Albert Camus, que en El mito de Sísifo eleva el suicidio a la categoría de problema filosófico, expresa: “no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”. Aunque esta afirmación de poco vale si no se lee a la luz de la frase que sigue y que le confiere total sentido al planteamiento base: “Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.” Se han planteado, en los estudios más conocidos en torno al suicidio, dos claros caminos para abordar el difícil asunto: el suicidio en la historia, por un lado, y por otro a partir de categorizaciones morales e incluso posturas éticas. Un mundo se ha escrito al respecto.

Aquí, ahora, quisiera situar el suicidio en tres dimensiones vistas desde el psicoanálisis: el acting, el pasaje al acto y el acto suicida. Es una lectura del suicidio que intenta elevarse, o mejor distanciarse, de las mitologías y narrativas que se realizan en torno a un acto tan desconcertante. Para ello es necesario seguir lo postulado por el psicoanálisis, en particular por los planteamientos del psicoanalista francés Jacques Lacan.

Para Freud, el suicidio no pasa por valoración moral alguna; tampoco se detiene en condiciones culturales o sociales: se trata esencialmente de una salida, un desenlace a un conflicto psíquico. Se recoge en las Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena un comentario de Freud sobre el suicidio: “No se debe olvidar que el suicidio no es sino una salida, una acción, un desenlace de conflictos psíquicos, y lo que corresponde explicar es el carácter del acto y de qué modo el suicida pone fin a las resistencias contra el acto suicida.” Desde luego, la lectura que el psicoanálisis realiza del suicidio difiere radicalmente con las que se hacen desde la psicología general, que abarca a todas las ciencias, religiones e ideologías. Para la psicología general, el carácter voluntario, el estado de la conciencia en el momento del acto, son determinantes para la tipificación o clasificación mórbida del suicida, generando dos categorías: los suicidios cometidos por un sujeto patológico, en estado confusional o demencial, por un lado, y, por el otro, ahí donde la conciencia está intacta y por tanto son suicidios donde la muerte se ejerce voluntariamente. Para Freud, el suicidio procede de un determinismo inconsciente.

Para Lacan tanto los intentos de suicidio como el suicidio consumado tendrían que pensarse a partir de tres estatutos: el acting-out, el pasaje al acto y el acto. El acting tiene su fundamento en la expresión freudiana agieren, que significa actuar como una puesta en escena. En esta puesta en escena se muestra a un sujeto del inconsciente en tanto que en su actuación se niega como ser, organizado en otra escena que es la de su fantasma en acto. El suicida aquí intenta elaborar una justificación, es claramente una apelación al Otro como espectador de la escena. Al respecto escribe Daniel Gerber: “Las cartas que en algunos casos escribe el suicida son un modo muy evidente de hacer existir al Otro que, más allá de la muerte del sujeto, subsistirá como el lugar del alegato del sujeto y de los significantes que registran la inscripción simbólica de su acto.”

En el pasaje al acto, el suicida no se representa en la escena; más bien su acto lo precipita fuera de la escena: se anula como sujeto para afirmar su ser de objeto de desecho del mundo simbólico. No hay llamado al Otro, donde esperaría inscribirse; hay en cambio una reducción del sujeto a un puro desecho que en su caída dejaría un agujero en lo simbólico que nada podrá suturar.

Sobre el suicidio como acto, por otra parte, Lacan señala en el seminario El acto analítico que, mediante el suicidio, “reencontrará su presencia, en tanto que renovada, más allá del pasaje al acto”. Y más adelante apunta: “Siendo cómicos, no nos queda más que exclamar: ¡Cómo no ser la muerte un paradigma de esta condición del acto!” La muerte sería aquí considerada como la forma radical mediante la cual el sujeto se transforma: se trata no de un acto inconsciente sino de un paso firme para que el ser viviente pueda devenir sujeto en la cadena significante.

 

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