Fabiola Morales Gasca
Se dice que el maestro Confucio un día se dirigió a sus discípulos y les expresó “Ya no quiero hablar más”. Sus seguidores protestaron: “¿cómo seremos capaces de transmitir enseñanza?” A lo que él respondió: “¿Acaso habla el cielo? Sin embargo las cuatro estaciones siguen su curso y las cien criaturas continúan naciendo.”
Para las culturas orientales, es claro que el silencio reina el mundo y éste se va habitando con sonidos de la naturaleza y del hombre. El filósofo Byung Chul Han, en su libro Ausencia, nos dice: “El silencio amable es un estado de ausencia y escape. Uno se calla hasta desaparecer y deviene mundo”. El ensayista surcoreano señala también: “Este silencio rompe los límites, anula la diferencia entre yo y mundo, entre activo y pasivo, entre objeto y sujeto. En esta in-diferenciación reside su amabilidad”. Así, al callar el silencio nos permite reflexionar sobre el entorno, nos permite observarlo de otra manera. Tal ejercicio hace temblar a muchos.
“El silencio es una fuente de gran poder”, afirmaba el filósofo Lao Tzu. Por ello diversas filosofías y religiones lo consideran esencial para la meditación y la reflexión interna. Es el estado perfecto para fortalecer la mente y el espíritu. Por desgracia, el quehacer humano vuelve a los hombres sordos ante el lenguaje de Dios. Para Byung Chul Han, “Dios aparece en cada silencio que surge cuando se apagan los aparatos técnicos”. La industria y la producción en masa trajeron consigo el desequilibrio entre el silencio y sonido del mundo que habitamos. El hombre moderno empezó a conocer y a experimentar el ruido, impidiendo a la mente acercarse al silencio y tomarlo como punto de partida para la contemplación y pensamiento. Una catedral de sonidos estériles comenzó a erigirse alrededor del hombre y su mente en los siglos anteriores.
En los recientes días de cuarentena, un alto porcentaje de la población mundial encerrado en sus casas percibió un descenso en contaminación auditiva ante la ausencia de las actividades humanas. Se dio la oportunidad a la naturaleza, aunque sea en mínima medida, de apropiarse de lo que le pertenece. Elefantes, renos, camellos, cabras y otros animales sorprendieron con sus paseos tranquilos en varias ciudades del mundo. Muchos de nosotros hemos escuchado cómo las aves han modificado su canto, o al menos ya no es ahogado por el sonido de los motores automotrices o industriales, como era común.
Tiempo es dinero, la producción nunca para. Tras estos días involuntarios de reposo a causa del covid-19, las ciudades son menos ruidosas que de costumbre. Se han apagado motores, los aviones han dejado el intenso tráfico aéreo. Hemos regresado, aunque sea en mínimo grado, a un ambiente y espacio rural. Activistas y expertos en ecología, como la investigadora ecuatoriana Mayra Estévez Trujillo, indican que los niveles de contaminación sonora disminuyeron y se retornó a un ambiente como el de hace cuarenta o cincuenta años. La ecología acústica, también llamada ecoacústica o estudios del paisaje sonoro, es una disciplina de reciente creación que estudia la relación mediada a través del sonido entre los seres vivos y su ambiente. Para la maestra Mayra Estévez, la ecología acústica o sonora debe de ahondar más en las relaciones de poder, dominio y control en las que está basado el crecimiento económico. A través de su investigación en registros históricos, logra recopilar datos que muestran que muchos ruidos fueron introducidos durante la época de la colonización por los imperios ibéricos en muchos puntos del mundo, rompiendo el ambiente acústico original. Para la investigadora muchos de los sonidos dan forma a las distintas etapas del “régimen colonial de la sonoridad”.
Regresar un entorno auditivo más saludable requiere de una oposición más clara contra la cultura competitiva y los intereses económicos del neoliberalismo. En este punto convendría recordar que en la antigüedad, como lo señala Aristóteles, la vida se consideraba dentro de la ocupación (a-skholia) y el ocio (skhole). Ambas actividades, en apariencia opuestas, respetaban a la naturaleza y consideraban sagrado al silencio. La ocupación o el trabajo, como falta de tranquilidad o libertad, debe someterse al ocio; pero la necesidad obliga al trabajo y sólo a través del ocio nos liberamos de las preocupaciones. La esencia para el hombre es la tranquilidad y, de acuerdo con el filósofo, la calma contemplativa tiene primacía absoluta. La vida consagrada al oficio es digna de reproche, pues el trabajo roba la libertad y el derecho al hombre a la contemplación y la meditación. A su vez, la vida meditativa o de contemplación no está exenta de actividad. Para san Agustín, “En el ocio no le debe entretener o deleitar la ociosidad, sin entender en nada, sino la inquisición, o el llegar a alcanzar la verdad”. Es decir, en la antigüedad el ocio no tenía nada que ver con la inactividad, tal y como hoy lo concebimos, sino más bien con tener tiempo para generar conciencia. En la Edad Media, la vida contemplativa tenía una fuerte carga de trabajo, los días comenzaban con oraciones y terminaban así. Las actividades que surgían a lo largo de la jornada giraban en ese hablar con Dios y desde ese diálogo interno y profundo del ser hacia una conciencia superior, usando como puente al silencio.
En El aroma del tiempo, de Byung Chul Han, son las oraciones y el trabajo lo que dan sentido a la vida y ritmo al tiempo. Las festividades no son días de no trabajo sino más bien tiempo de oración y descanso. Todo constituye un relato de trabajo y contemplación que hoy se ha roto por la incesante productividad que el neoliberalismo ha impuesto. Los flujos de tiempo, así como el incremento de ruido y reducción de descanso (vida contemplativa), han llevado a la disminución de ese espacio destinado al pensar. Se hace más dramático el carácter de la vida laboral llena de ruido y de periodos cortos, fracturándose la unión con la familia y la comunidad. El afán de la producción y consumo se lleva el tiempo de ocio y el silencio, que hacen del hombre un ser pensante. Vivimos más de prisa, con exceso de sonidos, trabajo y cero espacios para dejar libre a la mente. ¡Estamos saturados de estériles sonidos! Nuestra ecología sonora tanto como nuestro espíritu se ven alterados por este sistema que corrompe en todos los sentidos.
El lado amable de permanecer trabajando en casa en estos tiempos del Covid-19 es enfrentarnos a ese silencio arrebatado, que por momentos puede estar escapando de nuestras manos por permanecer ajenos a nuestros pensamientos. La contemplación y el silencio son regalos que se nos otorgan para reflexionar sobre nuestra vida y actos. Las estaciones pasan, el sol y la luna gobiernan con su lenguaje silencioso. Si acaso hablará el cielo sería para llenar con voz excelsa la sinfonía eterna de la naturaleza y restaurar el equilibrio roto por el humano. La mayor resistencia y aportación que podemos llevar a cabo en nuestra vida es escuchar con atención a la naturaleza, rescatar espacio para el mutismo, la contemplación y el pensamiento. Habitemos el reino del silencio y germinemos en él.
*Lecturas recomendadas:
Mayra Estévez Trujillo. Suena el capitalismo en el corazón de la selva. Nómadas (Col), núm. 45, octubre, 2016, pp. 13-25 Universidad Central Bogotá, Colombia http://nomadas.ucentral.edu.co/index.php/inicio/2296-apuestas-por-una-etica-de-la-existencia-nomadas-46/1-pensar-la-vida/880-suena-el-capitalismo-en-el-corazon-de-la-selva
Mayra Patricia Estévez Trujillo. Estudios sonoros en y desde Latinoamérica: del régimen colonial de la sonoridad a las sonoridades de la sanación. Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador, Área de Estudios Sociales y Globales. Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos. Quito, 2016.









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