Pablo Manuel Rojas Aguilar
A Karen Santiago
Tuvo el fenicio que sembrar en la tierra los afilados dientes del dragón, la musa murmurar en el griego las bélicas sílabas de los aqueos; tuvo el César que multiplicar el hexámetro, a Virgilio, el tiempo circular de los estoicos. Tuvo que ocurrir el rapto de las sabinas, Nebrija y las gastadas gramáticas, los atardeceres cargados de siglos, las disputadas bibliotecas del Oriente, la lenta mano de Rulfo acariciando la infernal Comala. Tuvo que ocurrir el viejo Borges, los amorosos versos de Sabines, cada mañana, cada derrota, cada luna cargada de hastío. Tuvo que ocurrir el alba, la suave caricia de mi madre, la vasta generación de los hombres, mi padre engendrado por su padre, los emires, el oro y el zéjel. Tuvo que ocurrir Chopin, la resonante cabalgata de las Valquirias, la nave hecha con las uñas de los muertos y el eterno retorno del fatigado Nietzsche.
Tuvieron que ocurrir todas estas cosas, la flor amarilla vista en el ocaso años antes de que hubieras nacido, la angustia, el oneroso peso de la soledad, Halliday y los sistematistas, los dorados destellos en el vasto cielo de la Ciudad de México, el esplendor cadencioso de la UNAM y el destino… ese destino fatal, hermosamente fatal de entretejer las letras, la materia y los sueños… Tuvieron que ocurrir todas estas cosas para que entonces yo te hubiera encontrado.









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