Pablo Manuel Rojas Aguilar
Todo ocurre por primera vez de un modo eterno. Somos esencialmente el mismo hombre. Estamos inaugurando las ideas, los sentimientos, los episodios. En este santiamén, estoy inventando las palabras, sus mitologías y la gramática de mi idioma. El que me lee se está apropiando de mis letras, como yo ya me he apropiado de otras, y como el que lee a Borges es Borges y el que transcribe sus líneas está inventando sus artificios. Ya no es necesario hablar en plural o en primera o en tercera persona; ya no importa quién escribe ni quién lee, ni a quién van dirigidas estas palabras; ya es indiferente. Somos el solitario coloquio de una divinidad indescifrable.
En consecuencia, estamos inventando el amor, destruyéndonos por vez primera. El que abraza a una mujer es Adán, la mujer es Eva y las manos varoniles, que tocan ahora el cuerpo femenino, descubren por vez primera la geometría simétrica de sus muslos, la redondez de sus pechos como dos lunas llenas, la fresca elegancia: el talle alto, esbelto y ondulante, como una rama que cimbra el viento. Inauguro la belleza cuando te encuentro y veo, en un solo espléndido instante, tus ojos cargados de siglos, de constelaciones y descubro la certeza infalible de que, en su ámbito, está mi patria. Experimento, por vez primera, que a un hombre se le acelere el ritmo cardiaco, y los tejidos cavernosos de su cuerpo yergan su sangre de mamífero hasta detonar en una virilidad insolente. Inauguro, Eva, el deseo de estallar en el volcán de tus entrañas, de atravesar tu cuerpo con mi carne, de derramarte mi masculinidad y de fundirnos en una húmeda simiente, en el instante vertiginoso donde la sucesión se desfragmenta, y se consigue el antídoto para la muerte. Entonces, te veré desbaratada de la ficción del tiempo, mujer arquetípica, atroz, uniéndote a mí en un éxtasis, ser andrógino, que la torpe parca no podrá cortar…
Debo fingir que no muero, que inauguro ideas, que invento países, que (le) escribo las primeras palabras de amor, que pronuncio Roma e invento (para ella) una lengua de estratagemas, un imperio que abarcó toda Europa, las tácticas de Pompeyo y la Eneida. Y luego Persépolis y esfinges y el vasto Nilo saciando la sed del Sahara y la cartografía de Piri Reis y los viajes de Simbad urgidos por su sed de aventura. Utensilios, bisontes, cavernas, parvadas, sinagogas, valquirias, sirenas, círculos, mares, fallas discursivas, cubos, diccionarios, bibliotecas, y un cometa sin su manto, muriéndose de frío… Pero estoy muriendo, y no por la muerte del tiempo que me escurre, ni siquiera por la muerte de mi ego que se perderá en la nada como si nunca hubiera existido, sino por esa Otra, muerte, para la que ninguna astucia de Borges basta; aquella que despedaza la esencia: el nombre de una mujer que me destroza…
De ésta, no hay artificio alguno que pueda salvarme: ni la alegoría del infierno, de Rulfo, ni las lágrimas tibias del hijo de Peleo. La vida debe seguir su ruin curso, hacia el jarro cóncavo y profundo de la noche. El ego se me seca, como se secarán en la memoria las palabras de esta deleznable disertación.
Así, pues, si me está vedado volver a sentir el roce nocturno de esos labios femeninos, abrazaré la oscuridad mientras te aguardo, achacosa parca, para tenerte, toda.









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