Cúmulo Obseso / Aarón B. López Feldman
Presentar a los hombres “como actuando” y todas las cosas “como en acción” podría ser muy bien la función ontológica del discurso metafórico. En él, cualquier dormida potencialidad de existencia aparece como manifiesta, cualquier capacidad latente de acción como efectiva.
Paul Ricoeur, La metáfora viva
La sociedad no es, se parece. La sociedad, entendida como algo dado, preestablecido, fijo, no existe. Lo que existen son múltiples formas históricas de organizar la vida en común, de hacer lo social. Y estas formas de organizar la vida en común no son lineales o progresivas (no necesariamente mejoran con el paso del tiempo) y tampoco se presentan a nuestros sentidos de forma completa, inmediata, pura (como propondría el positivismo ingenuo). Para nombrar lo social, para delimitarlo y comprenderlo, requerimos de mediaciones, de puentes, de operaciones del pensamiento, y esas operaciones son de carácter metafórico (entendiendo a las metáforas no como adornos del lenguaje, sino como relaciones de sentido basadas en la comparación y las semejanzas). Lo social no es, lo social se nombra en tanto se parece a otra cosa (un organismo vivo, una construcción, una red).
Por ello, para hablarnos de las sociedades, los teóricos (quiéranlo o no; sean conscientes de ello o no) requieren decirnos a qué se parece lo social, con qué lo comparan para comprenderlo. El inestable y tenso acto de teorizar (arma de las ciencias sociales, según vimos en la entrega anterior https://cutt.ly/TsvJBeq) implica, ante todo, decidir entre metáforas de lo social. La elección entre teorías y paradigmas es, de este modo, una elección entre relaciones de semejanza.
A lo largo de su historia (tan compleja como discontinua), las ciencias sociales han utilizado distintas metáforas para hablar de lo social, y esas grandes metáforas, a menudo contradictorias entre sí, han cruzado entre disciplinas y tradiciones intelectuales. Así, lo social ha sido visto como un organismo vivo, un sistema, un contrato, una estructura jerárquica, un proceso, un texto, un ritual, un performance, un juego o una red. Estas metáforas no funcionan a nivel de la palabra o del enunciado concreto; son, por el contrario, recursos de conocimiento, perspectivas de observación, procedimientos buenos para pensar lo social (por ello, en ocasiones, operan sin que los propios practicantes se adscriban a ellas e, incluso, sin que lo noten).
Ninguna de esas grandes metáforas cubre todas las dimensiones de la realidad social. Lejos de la neutralidad, cada una de ellas visibiliza dimensiones de lo social al tiempo que invisibiliza otras (y es que aquello que alumbra, todos lo sabemos, también oscurece). Este juego de visibilización e invisibilización se traduce en decisiones concretas sobre los procedimientos metodológicos y las unidades de análisis (no es lo mismo estudiar las funciones de la sociedad vista como un organismo en equilibro que estudiar las contradicciones de la sociedad vista como sistema histórico, por ejemplo).
El pensamiento metafórico en que se basan las ciencias sociales es, al mismo tiempo, poderoso y peligroso. Es poderoso porque las relaciones de semejanza (al no ser directas ni exactas) permiten hablar de lo social desde lugares inéditos e insospechados, es decir, permiten jugar con los límites de lo posible y de lo imposible (las ciencias sociales aspiran, aquí, a ejercerse como prácticas de imaginación política).
Pero el pensamiento metafórico también es peligroso cuando olvidamos (y solemos hacerlo con mucha frecuencia) que la semejanza no es en sí misma lo real social, no lo sustituye ni lo agota. Este olvido, producido cotidianamente, ocurre cuando las teorías se enseñan, se practican y se reproducen no como herramientas parciales del pensamiento que tratan de abarcar lo inabarcable (la realidad social en sus múltiples niveles), sino como si fueran, parafraseando a Bourdieu, divisiones reales de lo real. No es raro que los practicantes de las sociales, en todos sus niveles, confundamos las metáforas que articulan nuestros procedimientos de conocimiento con la definición misma de lo real. En muchas de nuestras prácticas, lo social parece convertirse en un texto, una construcción o una red. Y el mayor riesgo es el siguiente: si mi metáfora es lo real en sí, si ya tocamos la “esencia” de lo humano, entonces éste es el fin de la historia, no necesitamos buscar más. Hemos llegado.
Esa capacidad del pensamiento metafórico de ser, al mismo tiempo, poderoso (por lo que abre) y peligroso (por lo que permite olvidar) se relaciona con lo que Paul Ricoeur propone como la tensión irresoluble del “es” metafórico. Para el filósofo francés, la metáfora (no como recurso literario, sino como recurso para interpretar la realidad exterior al lenguaje), a la par, “no es” y “es como” aquello que reemplaza. La realidad no es una red, un sistema, un ritual o un juego y, al mismo, tiempo, podemos comprenderla, hablar de ella, trabajarla (incluso anhelarla) como si lo fuera.
La tarea de las sociales radica, entonces, en mantener la potencia del pensamiento metafórico sin pensar que la metáfora ya es, es decir, sin creerse del todo sus procedimientos y sin reducir lo real a sus efectos. No es éste el fin de la historia, por útiles y omnipresentes que parezcan hoy las metáforas que nos cruzan y, parcialmente, nos constituyen. ¿Qué podemos hacer, entonces, con las metáforas que nos hacen?
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