Pablo Manuel Rojas Aguilar
Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899, pero el Poeta es antiguo. Fue aquel que cantó la cólera de Aquiles y las travesías de Odiseo en la antigua Grecia, quien en el siglo I a.C., por encargo de Augusto, glorificó el origen de Roma a través de las páginas de la Eneida. Es el mismo que en 1304 d.C. perpetró el poema teológico al que nombró Comedia simplemente por su final feliz y que en 1600 logró el sonido y la furia de Macbeth…
Debemos pensar que la transmigración pitagórica lo arrastró hasta nuestros días para que siguiera legándonos belleza. Fue Camerarius (anhelando a Matilde), H. Gering (urdiendo el saludo que Muirchertach envió para Magus Barford antes de darle fin a su glorioso reino) y Suárez Miranda (entregando su dilatado mapa sin piedad a las inclemencias del sol y de los inviernos), antes de que la repetición de su figura puliera su arte de poeta para llevarnos a sufrir los límites del lenguaje, a través de la descripción rítmica e inagotable de una esfera sempiterna en un sótano bonaerense. Y seguirá retornando para tramar versos que ni siquiera imaginamos ahora.
Los griegos soñaron al Minotauro en un laberinto de Creta, en esa red fétida de piedra en la que tantos y tantas vírgenes perecieron. El Poeta también es el Minotauro, pero su laberinto es de tiempo: de esa red fluctuante cuya metáfora es el agua, de esa alegoría fugaz que disgrega el mundo, el cual lo extravía en un laberinto dudoso; donde se halla entre las grutas y entre los palacios de la memoria (como los llamó San Agustín), en que se confunden los vanos nombres que han servido para nombrarlo. Las aguas de quienes ha sido (el hombre arquetípico) se entremezclan con su memoria y lo anegan. Ése es el Poeta que, como un hado, hiló laberintos lingüísticos en sus textos con la finalidad de ofrecernos un mundo aparentemente cotidiano que evidencia una fisura, un detalle fantástico que no concuerda con las leyes físicas. Lo más terrible acontece cuando nos damos cuenta de que, acaso, también nosotros somos una ficción del “mundo real” y que estamos hechos de esa sustancia paradigmática que el Universo empleó para crear la miel celeste; de esa misma figura que posee el Artífice como arcilla para tramar su literatura: el lenguaje.
En la última ocasión, al Poeta dobles parcas lo arrastraron al término, que es la muerte, hacia 1986 y todo por pretender quebrantar el orden del Cosmos, al despedir de su pluma palabras que disecaban el Tiempo. Sabemos que sus manos han sucumbido infinidad de veces en cada época por la misma razón y, sin embargo, su gloria es, para el mundo, inconsumible. Sabemos también que sus aladas palabras parecen anidarse en las memorias, y picotear en los recuerdos de los lectores para confundirlos con imágenes intrusas, que uno cree haber vivido y respirado en verdad… Y entonces, él coloca sus “secretos” con prestada eternidad en el papel que sostenemos; y sus números, que cantan notas justas, dibujan con su ritmo cíclico, el incesante rostro de Pitágoras, que ya es otro y que es el mismo. Y la rueda incesante gira, dejando una estela imborrable, que son las bravatas del Artífice.
Sin embargo, también ha tenido que padecer la humillación de “ser en el mundo”; la ofuscación de reconocer, en las memorias de su amargura, “un huracán de negras palomas, chapoteando aguas podridas bajo las cuatro columnas de cieno de Nueva York”;1 la ofensa de que su “nombre” (que es realmente su disfraz) sea colmado de fama, de gloria; de que sea loado por las calles del mundo como algo tan sencillo e insólito como un maestro, y de que, no obstante, un régimen absoluto y patético lo aparte de su puesto de bibliotecario para hacerlo inspector de aves y conejos en los mercados de Buenos Aires. La sucesión se ha encargado de despedazar las líneas de su rostro, como a un cristal en miles de fragmentos que jamás podrá unir (aunque urda tramas como la del Quijote o la del Ulises). Y es que el vulgar tiempo ha corrompido, con su paso disoluto, la imagen pura del Artífice para transmutarlo en versiones menos justas, no tan bellas, e incluso penosas.
El último registro que se posee sobre su imagen terrestre es la de Jorge Luis Borges; la del porteño que encontraba, en las páginas de sus libros, la felicidad que, posiblemente, le estaba vedada en el mundo visible. Y es que hablar de él, como individuo, es hablar de un tipo jactancioso y socarrón que miraba largamente la luna y los arrabales; de un hombre que parecía fuera de época, aparentemente tímido, casi tartamudo y, por lo tanto, objeto de burlas sagaces. Pero no creo que sea primario ensayar sobre este último dibujo que fue consumido por el río incesante y que será olvidado por las generaciones postreras; sino sobre el Artífice intocado por el tiempo (que se llamó también, Virgilio, Dante) que creó artificios fastuosos para que su nombre resonara más allá del frágil destino que las parcas habían entretejido para él; sobre el Poeta-Borges que se convirtió en el tétrico híbrido con el deber misterioso de nombrar cada cosa del Universo.
De acuerdo con un texto desfragmentado que se recuperó del latino Solonius, llamado Scriptor Universa,2 aquellos que han abordado con rigor las palabras del “verdadero Poeta” terminan extraviados entre sus páginas sin remedio. Se tiene el curioso caso de Joseph Lonrot, de quien se dice cargó hasta el último día de su vida con la pena de no olvidar pasillos interminables, sin alguien que erradicara la quietud que los agobiaba. El mismo De Quincey escribió en algunas líneas de su extensa obra que Lonrot fue visto en siete lugares distintos a la misma hora… Se ha escrito que éste y otros autores han llegado al entendimiento de que son una invención erigida por alguien que los ha soñado, escrito y vuelto a escribir con mano perniciosa (algunos lo llaman Dios). Se lee que se han lanzado hacia el fuego abrasador sin recibir una sola quemadura, y que se han transmutado en pájaros que revolotean sobre el incienso, ascendiendo hacia el Cosmos, soltando de su pico para siempre el hilo de Ariadna que los hará volver a su mundo.
Ahora, yo trato de ensayar sobre el Poeta y su sombra me acompaña más allá de mis lecturas, como una imagen sensible en mi mente imposible de disipar… Me consume, incesante. Sin embargo, creo que esto no es del interés del lector. Es mejor decir que Borges fue vencido por las musas en el Tiempo; que sus ojos fueron resquebrajados, irasciblemente, por las Erinias; que sus articulaciones declinaron lentamente en el ocaso; y que la desesperación quiso ahogar sus penas en la bruma de la muerte. Pero el pudor estoico ya se había inventado y no podía huir, sin desmedro, de lo que el Cosmos había trenzado para él, porque aún no estaba escrito que pereciera sin antes perpetrar El oro de los tigres, La cifra y Los conjurados. Por ende, tuvo la necesidad de ser valeroso y de transmutar el dolor que le causaba su ceguera en algo eterno. Así, se hizo memorable la magnífica ironía de Dios, cuando llevó al porteño al Paraíso (que era la Biblioteca Nacional, de la que Borges fue director) con las pupilas atestadas de luz tenue. Y el infatigable cerco amarillo de sus ojos no le impidió verter lágrimas tibias, mientras rodeaba las claraboyas y los pasillos donde reposaban, inertes, los fieles compañeros a los que no volvería a ver jamás (los libros).
Así pues, el Hacedor siguió contando historias como si no las conociera del todo, falseándonos con testimonios artificiales de la “realidad”, dejándonos en claro que no buscaba alcanzar la sencillez, que es nada, sino la modesta y secreta complejidad.
Ya a sus ochenta y tantos años, soñó que poseía otra memoria que lo agobiaba, una memoria en cuyos torrentes se revolvían los recuerdos personales de Shakespeare y de Borges. Donde éste escuchaba resonar a las brujas del inglés y se sentía complacido. Hay quienes piensan que se trató de un sueño; otros que se trató de un reencuentro con su nombre pasado en alguna bifurcación del Tiempo. Lo cierto es que así se halla escrito en las páginas del Libro de Arena, donde también se dice que ahora, o quizá en algunos años, un desconocido ensayista en México adquiere a Borges a través de un artificio sencillo con el lenguaje, generando así, un nuevo hecho ficticio.
Cuando el resto de sus días habían hilvanado el entendimiento supremo, La Revelación se postró pura en su memoria fugitiva… Una obra incorrupta hubiese sido el legado del Poeta si la muerte, sigilosa, no hubiera batido sus facultades, infalible, para no desequilibrar la balanza del Universo. Pero acaso el Hacedor ya ha vuelto a nacer en nuestros días, y quizá pronto nos deleitaremos, nuevamente, con su “argéntea lira”, aunque aún no se ha revelado. Lo sabremos sólo cuando sus nuevas palabras, estoicas, resistan sin apuro el feroz paso del Tiempo.
Dejo, pues, que el lector sueñe con el genio del Poeta: con aquél cuya grandeza terminó en la tumba convertida en polvo, o con el que logró que sus palabras transgredieran los siglos.
El Borges de sucesión era un ser gris; el arquetípico una serpiente que movía el mar con su fuerza, que hacía estremecer a las legiones angelicales cada vez que emergía del océano profundo, prorrumpiendo palabras de lumbre por sus fauces. La carne de esta serpiente se ha servido para que sea comida por los hombres justos; su hermosa piel usada como carpa, para protegerlos de las tormentas y de las llamas sofocantes que los calcinan.
El Poeta es antiguo y ha afinado su arte a través de la transmigración pitagórica. Ha sido tantos hombres ilustres (como dijo…3) “que el círculo del cielo mide su gloria”, que los ángeles cantan inconscientes su milonga más bella, y las líneas escritas por su mano se han convertido en oro. No obstante, él, “que tantos hombres ha sido, no ha sido nunca aquel en cuyo abrazo desfalleciera” Estela Canto.4
——
1 He olvidado el nombre momentáneo que llevó el Poeta cuando escribió estas líneas.
2 Hay quienes sostienen que lo que se ha recuperado es una versión apócrifa.
3 He olvidado el nombre de quien escribió las líneas que cito; pienso que es intrascendente recordarlas, tomando en cuenta que es sólo Uno quien ha escrito todo.
4 Beatriz, Viola, Matilde Urbach, etcétera, etcétera., etcétera…









No Comments