Terry Southern
Terry Southern era uno de los redactores de Esquire, y aún no se le conocía como novelista cuando escribió “Bastoneando en Ole Miss”. Fue el primer ejemplo que yo descubrí de una forma de periodismo en la que el reportero empieza preparando un artículo de encargo (“Ve a Mississippi y entérate de lo que ocurre cuando quinientas bastoneras púberes se enfrentan en competencia formal”) y acaba escribiendo una curiosa forma de autobiografía. No se trata de autobiografía en el sentido usual, porque el escritor se ha puesto en situación sin otro motivo que el de escribir algo. El presunto tema (verbigracia, las majorettes) acaba por ser puramente casual, y cuando el escritor se las ingenia para hacer tan fascinantes sus reacciones, al lector se le olvida. Hunter Thompson es el maestro de esta forma, a la que denomina Periodismo Gonzo. [Tom Wolfe]
Bastoneando en Ole Miss
En una época que transcurre a través del complejo de interdependencias burocráticas, con su tedioso laberinto de especializaciones técnicas, cada contingente tras el siguiente, y todos pretendiendo converger en una única totalidad de sentido, sin duda es un momento de respiro cuando se da con un área del comportamiento humano absolutamente autosuficiente, pura y libre, sin compromiso alguno: el apreciado y casi olvidado l’art pour l’art. Tal es el trabajo que se viene desarrollando en estos momentos en el Dixie National Baton Twirling Institute, en el campus de Ole Miss, una visita que bien merece la pena de realizar en estos días, si uno es capaz de mantener su presencia de ánimo.
En mi caso era el primer viaje al Sur en muchos años, y me sentía debidamente receloso. En primer lugar, el Instituto está situado justo a las afueras de Oxford, Mississippi, y por una grotesca coincidencia, el funeral de Faulkner había tenido lugar tan sólo el día anterior a mi llegada, añadiendo una siniestra aura surrealista a la naturaleza de mi cometido… a saber, realizar un reportaje en el Baton Twirling Institute. ¿Bastaría con recurrir al gangueo de Texas y a la impasibilidad de mi juventud para salir del paso?
Al llegar a Oxford, en un caluroso mediodía de julio, después de las tres horas de viaje en autobús desde Memphis, descendí delante del viejo Hotel Colonial y anduve sin rumbo fijo a través de la dormida plaza hacia el único signo de vida a mano: la proverbial fila de hombres en mangas de camisa sentados en unos bancos delante del juzgado del condado, una especie de jurado permanente.
—Buenas —dije, adoptando un aire natural, sonriendo amigablemente—. ¿Dónde está el Instituto?
El más próximo me miró estrechamente: aquí son rápidos para reconocer al forastero, pero algo lentos para entenderlo. Uno se vuelve al otro:
—¿Qué es lo que dice, Ed?
Big Ed abandona su modorra, lanza un chorro largo de saliva en el polvo, lo mira reflexivamente antes de fijarse de nuevo en mí con fríos ojos de color azul metálico.
—Creo que quiere decir. ¿En dónde está el Instituto? ¿No, forastero?
Al lado de los bancos y aproximadamente a tres pies de distancia, hay dos fuentes públicas, y me doy cuenta de que la que está descaradamente marcada “Para gente de color” se alza directamente.
Tras recibir instrucciones (bastante tortuosas, pensé, más bien siendo alejado por lo que creí entender como una fugaz referencia al “caso Till”) decidí tomar un taxi, habiendo visto precisamente a uno aparcado en el lado opuesto de la plaza.
—¿Qué está más cerca —pregunté al conductor— la casa de Faulkner o su tumba?
—Pues —dijo sin levantar la mirada— en este momento, si fuese a llevar a alguien allí, tendría que estudiarlo un poco, pero a primera vista le puedo decir que ambas están puñeteramente igual de cerca, alrededor de diez minutos de donde estamos sentados y a cincuenta centavos cada una. Están en direcciones opuestas.
Percibí la dudosa ironía de ir desde cualquiera de ellas al Baton Twirling Institute y por eso decidí ir al Instituto primero y comenzar el reportaje.
—A propósito —pregunté después de que hubiésemos arrancado—. ¿Dónde se puede conseguir un trago de whisky por aquí? —Me había acordado de pronto que Mississipi es un Estado seco.
—En un sitio en el límite del condado —dijo el conductor— a unas dieciocho millas; le cuesta cuatro dólares por el viaje, ocho por la botella.
—Ya veo.
Giró la cabeza, echándome una mirada curiosa.
—A menos, claro, que quiera probar un poco de nigger-pot.
—¿Nigger-pot? ¡Santo Dios, sí, hombre! —dije equivocándome tremendamente, ¡vamos!
Pronto se reveló, por supuesto, que estaba hablando del incoloro whisky de maíz elaborado clandestinamente en la región, también conocido como el “relámpago blanco”. Empecé a poner pegas, pero como estábamos ya en medio del barrio de color, creí mejor continuar con ello. ¿Por qué no empezar la estancia con una genuina experiencia Dixieland, el tradicional jarro de licor de maíz?
Tal como sucedió, el destilador y su mujer estaban en el campo cuando llegamos a la casa, o mejor dicho cabaña, en donde fuimos atendidos por un niño negro de alrededor de nueve años.
—Aquí hay un lote muy bueno —dijo, revolviendo dentro de un cajón lleno de leña y sacando garrafas sin etiqueta.
El taxista, que había entrado conmigo, ladeó su cabeza y soltó una risa corta, como para demostrar que no nos impresionábamos fácilmente.
—¡Cómo, niño! —dijo— no creí que fueras un bebedor.
—No señor, no soy un bebedor, pero seguro que sé cómo se supone que sabe; esto es porque a veces no hay nadie aquí al que tenga que vigilar, y tengo que probarlo también, para ver si funciona correctamente. Probablemente perderíamos el lote completo si yo no supiese cómo sabe. Todos deben probarlo —añadió, sujetando una de las botellas y agitándola en mi rostro feliz—. ¡Ya verá cómo es un buen lote!
——
Fragmento del libro de T. Southern seleccionado por Tom Wolfe en su propio libro El nuevo periodismo (1973).









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