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¿A dónde van los desaparecidos?

Los duelos interrumpidos

Antonio Bello Quiroz

desaparecidosEl cantante Rubén Blades nos lanza esta pregunta: ¿a dónde van los desaparecidos? ¿Cuál es su lugar? ¿Si no se encuentran ni vivos, ni muertos, entonces qué son los desaparecidos?

Las personas pueden ser categorizadas o etiquetadas de diferentes maneras; sus estados físicos los definen y sus contextos los determinan. Vivos, muertos, son formas de nombrarles, de reconocerlos, de dar un lugar; sin embargo, el desaparecido no cabe en estas categorías: pensar en el desaparecido nos confronta con lo innombrable y, en México, con el horror de la cotidianidad, lo que no puede ser representado.

Cuando algún ser amado se encuentra en esa zona gris del desaparecido, la vida se interrumpe de manera radical, dado que no se puede realizar el trabajo de duelo, en tanto que no hay cadáver que posibilite la reanudación de la vida.

Una de las acepciones etimológicas de la palabra humano es humus, que significa tierra. Durante miles de años, para muchas comunidades, el cuerpo sin vida debería ser sepultado, devuelto a la madre tierra y así darle lugar al rito del duelo dejando la tumba como lugar de encuentro con quien ya no estaba; este acto permitía que la comunidad viviera en calma. “Polvo eres y polvo te convertirás”, leemos en el libro de Génesis. Tal era la relevancia de este rito que incluso en tiempo de guerra era permitido que los vencidos se llevaran los cuerpos de sus combatientes para darles sepultura.

La sepultura, la tumba, permiten experimentar la sensación de proximidad, para evocar su perdida presencia, procurar un consuelo, alimentar una nostalgia o simplemente para poder estar allí. Es un lugar, el lugar simbólico del fin; el muerto de alguna manera existe y está entre los congéneres. La piedra, la marca en madera, en granito, la lápida en todas las versiones posibles dan soporte simbólico al cuerpo sin vida.

Los estudios de la antropología nos revelan que dos son los signos de hominización (convertirse en humano), el usar utensilios o herramientas (Homo faber) y el enterramiento de los muertos. Cuando esto último no se puede realizar, algo de lo humano se degrada.

La vida se celebra, a los muertos se les honra, se les recuerda, pero ¿qué hacer con los desaparecidos? Su condición impone a sus seres amados, y a quienes con ellos nos podemos sentir cercanos, una fórmula verdaderamente enloquecedora: “ni vivos ni muertos”. En tanto que no se tiene un cadáver puede aparecer en cualquier momento, lo que nos deja en ascuas, como un espectro, un fantasma.

En contextos como el que vivimos, con la tragedia de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, la palabra “desaparecido” es usada con fines perversos, para ocultar la responsabilidad del Estado, como si hubiesen desaparecido voluntariamente, sin siquiera agregarle la palabra “forzada”, que reflejaría mejor lo ocurrido. Es una forma de negar que se trata de un secuestro cometido por agentes del Estado, sin importar el nivel en tanto que se vive en una República.

En nada diferencia este hecho a las muy lamentables desapariciones forzadas de las dictaduras en el sur y el centro de América. Lo mismo que con los desaparecidos del franquismo en España o los de la Shoa nazi.

Las familias y los seres queridos de los “desaparecidos”, secuestrados por el Estado, son sumidos en el desasosiego y el dolor. Confrontados además con el cinismo y la impunidad de las instituciones encargadas de proporcionar seguridad.

Ante la ineficiencia, e incluso complicidad, de las instituciones se ven obligados a inventar diversas formas de procesar el duelo frente al vacío que significa no poder enterrar a sus muertos, sin la presencia del cuerpo que hace posible establecer el sitio simbólico de encuentro.

Uno de ellos, el necesariamente primero, es reclamar su aparición vivos, porque vivos se los llevaron. Es un digno reclamo que tendría que ser apoyado sin reserva alguna por toda la población en tanto que todos estamos potencialmente en el mismo riesgo.

El crimen no podrá ser ocultado a perpetuidad, la sangre clama justicia y cada cual deberá dar cuenta de sus actos; para las instituciones encargadas de proporcionar seguridad no es posible, a estas alturas, desimplicarse de la responsabilidad. Sólo cuando se sepa todo lo que hay que saber y se devele todo lo que se oculta los cuerpos desaparecidos podrán, al fin, despojarse de la levedad a la cual han sido condenados: podrán retornar a su nombre, a su historia y recobrar así el sentido de su vida o su muerte.

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