Roberto Martínez Garcilazo
El genio de Miguel de Cervantes fue presentáneo y, también, postrero. Él sabía que lo era, pese a la incomprensión que en sus días le dispensaron sus contemporáneos, y también colegía que en lo futuro se le reconocería (el genio). Aunque, bien pensado, esto carece de importancia. (Esto también lo intuyó.) Sí, son conjeturas. Pero todo en la crítica literaria es eso. Del Cervantes poeta, dice Pedro C. Cerrillo Torremocha que “no fue un hombre con suerte. Fue a triunfar como novelista, y no como poeta o como dramaturgo, que eran los géneros literarios que daban prestigio a un escritor en la Edad de Oro.” Y además, para completar la pincelada del fracaso: “tuvo que emplearse en diversos quehaceres ajenos a la literatura, pues no podía vivir de su trabajo de escritor (en 1595 ganó un premio menor de poesía en la ciudad de Zaragoza: el galardón fueron dos cucharillas de plata. Malvendió sus primeras comedias y tuvo muchas dificultades para que sus poemas se publicaran). Sabido es que vagó por oficios diversos, visitó varias veces la prisión, tuvo problemas económicos importantes y pasó épocas de verdadera necesidad”.
Cervantes tuvo el mal fario de florecer en “una época en que España alumbró los mejores poetas de su historia, que terminaron siendo algunos de los mejores poetas de la literatura universal: Garcilaso, San Juan, Quevedo, Lope de Vega o Góngora”. Por esto es que, afirma Cerrillo Torremocha, don Miguel escribió en su célebre “Viaje al Parnaso”: “Yo que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo.”
Pues bien, consumimos ya medio folio y nadie nos ha dicho, todavía, qué es un buen poeta. El eminente doctor Guillermo Carnero, filólogo de la Universidad de Alicante, profesor itinerante internacional y, además, poeta, ha escrito que Miguel de Cervantes es “el más glorioso semi-poeta de las letras españolas, que parece dar la razón al tópico que afirma que no se puede ser a la vez buen poeta y buen novelista”. El neologismo cacofónico de semi-poeta quiere significar la condición del escritor que carece de técnica y retóricos recursos y derrocha, en compensación, entusiasmo y vocación. Es evidente: en la proposición del doctor no hay crítica literaria sino lugares comunes y conjeturas.
Por otra parte, tal vez no deberíamos citar eso de Pedro Cerrillo Torremocha, ilustre doctor de la Universidad de Cuenca, de que a Cervantes le faltó “frescura y gracia” para ser un gran poeta. No lo haremos.
Pero en cambio, sí las coplas del capítulo 20 de la segunda parte del Quijote, en las que habla el Amor. Versos que pienso refutan la cita que no hicimos de Cerrillo:
Yo soy el dios poderoso
En el aire y en la tierra
Y en el ancho mar undoso,
Y en cuanto el abismo encierra
En su báratro espantoso
Nunca conocí qué es miedo;
Todo cuanto quiero puedo,
Aunque quiera lo imposible,
Y en todo lo que es posible
Mando, quito, pongo y vedo.
No obstante, el genio poético de Cervantes resplandece en el “Viaje al Parnaso”. En ese extraordinario poema que describe el viaje a la montaña de Apolo, y la que se lleva al cabo la batalla entre los poetas excelentes y los poetastros, Cervantes hace poesía y hace crítica.
Respecto a la tan traída, y supuesta, inferioridad poética de Cervantes, escribe la Dra. Ellen Lokos, de la Universidad de Harvard, en “El lenguaje emblemático en el Viaje del Parnaso”, en el Bulletin of the Cervantes Society of America, que el concepto de “competencia literaria” desarrollado por Jonathan Culler (en “Literary Competence”, Structuralist Poetics; Structuralism, Linguistics and the Study of Literature) manifiesta que un poema es una articulación que cobra sentido sólo con respecto a un sistema de convenciones asimilado por el lector. La recuperación del significado fidedigno, conforme con las intenciones del autor, requiere del lector actual una labor de reconstrucción que nos permita vislumbrar el verdadero hábito de lectura de la época.
Una parte de esa reconstrucción simbólica es la reconsideración hermenéutica del “Monte Parnaso”. Escribe Lokos: “El Monte Parnaso es una imagen tópica que por todas partes ilustra la dificultad de adquirir destreza en el arte poético en términos usados hoy para describir el alpinismo. El “Parnaso” representa no sólo la meta o consagración del poeta, sino también el proceso para lograrla: la ascensión lenta y dificultosa por parte del joven poeta, porfiado en dominar el arte. Si logra subir a la cumbre, es decir, hacerse por fin un doctus poeta, su esfuerzo será recompensado por la adquisición de la fama merecida, y se incorporará al círculo de los consagrados. El Pinciano, tan admirado por Cervantes, definió la poesía como “un subir la áspera cuesta del Parnaso para obtener como premio el laurel de la fama”.
Ahora, respecto al Monte Parnaso como símbolo de la excelsitud poética, Lokos nos dice que: “de la lectura comparada del ‘Viaje’ de Cervantes y del emblema correspondiente, de 1610, compuesto por Sebastián de Covarrubias Orozco, autor también del Tesoro de la lengua castellana, saltan a la vista correlaciones muy sugerentes porque la subscriptio (texto al calce de la figura) del emblema dice:
Los grandes montes, altos, y encumbrados
Son de ordinario estériles sin fruto,
De procelosas nubes rodeados.
Zelan sus cumbres con obscuro luso:
Tales son los señores endiosados
Que saben poco y con ardid astuto
Disimulan, cubriendo la simpleza
Con la veneración de su grandeza.
(Centuria II, emblema 18)
Es decir, el Parnaso no es la Región hiperbórea. Para terminar, refiero aquí la visita a Cervantes del joven y exitoso poeta Pancracio Rocesvalles, aparece en la “Adjunta al Parnaso”, en la que el muchacho que pergeña versos le entrega una carta de Apolo Délfico a don Miguel titulada “Privilegios, ordenanzas y advertencias que Apolo envía a los poetas españoles”. Antes de entregar la epístola, Pancracio describe las arduas faenas que encontró realizando a Apolo cuando en compañía de otros mozos arribó al Parnaso. Cito: “Le hallamos muy ocupado a él y a las señoras Piérides, arando y sembrando de sal todo aquel término del campo donde se dio la batalla. Preguntéle para qué se hacía aquello, y respondióme que, así como de los dientes de la serpiente de Cadmo habían nacido hombres armados, y de cada cabeza cortada de la Hidra que mató Hércules habían renacido otras siete, y de las gotas de la sangre de la cabeza de Medusa se había llenado de serpientes toda la Libia, de la mesma manera, de la sangre podrida de los malos poetas que en aquel sitio habían sido muertos comenzaban a nacer, del tamaño de ratones, otros poetillas rateros, que llevaban camino de henchir toda la tierra de aquella mala simiente; y que por esto se araba aquel lugar y se sembraba de sal, como si fuera casa de traidores.”
Lector curioso, hasta aquí hemos llegado juntos. Qué Dios te guarde.









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