José Manuel Ortiz Soto
Cuando mamá nos presentó a la joven sirvienta, supe que mi primera comunión sexual sería cuestión de tiempo. Un mero trámite, a decir de mis amigos más avezados en estas lides. Oculto tras un sueño falso, cada mañana seguía el ir y venir de su culo gordo por la habitación; prendido a la blancura carnosa de sus muslos, buscaba bajo sus bragas translúcidas el enigma de mi excitación.
Un día, sin embargo, la muchacha no volvió a casa. Cuestionada al respecto, mi madre despotricó:
―La muy bruta no sabía lavar, ¡ve nomás cómo están de percudidas y agujeradas las sábanas! ¡Que la estúpida dé gracias a Dios que no la demando!
De aquella malograda aventura sexual, mi hermano Fabián y yo aprendimos a barrer, tender las camas y lavar ropa.

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